Creo que nunca ha
sido complicado hacerme feliz. Si me conoces bien,
sabrás que soy patéticamente sencilla y
previsible. No necesito flores, ni dedicatorias de
canciones en la radio, ni aviones que escriban mi nombre en el cielo. No pido milagros, porque nunca he visto ninguno. Las sorpresas, cuanto más pequeñas, más
bonitas me resultan. Y me vale todo, siempre que sea hecho con amor. Todos los detalles son buenos,
abrazos, sonrisas, besos de esquimal, notitas escritas en una servilleta, una
visita inesperada, un regalo personal, una foto de tu infancia, un mensaje de
madrugada, palabras simples pero sinceras, creo que nada demasiado costoso si se hace por iniciativa
propia y con sentimiento. Eso sí, necesito que todo ello sea incondicional.
Solos o rodeados de gente. Aquí y allí. Ayer y hoy. Esa es mi forma de querer y,
por lo tanto, es la única forma de sentirme querida.